| +info | https://www.altimetrias.net/aspbk/verPuertoF.asp?id=21 |
| Relive | https://www.relive.com/es/view/vE6J5WWDWxO |
| Reel | https://www.instagram.com/reel/DPngO3wDBh3/?igsh=MXI5b2tkMTh3a3Nybg== |
| BIG | 338 |
Iniciamos la ascensión en Luz-Saint-Sauveur, en pleno corazón de los Pirineos franceses, en el mismo punto donde también arranca la vertiente clásica del mítico Tourmalet. En lugar de tomar el desvío hacia la izquierda, nos dirigimos a la derecha, en dirección a la estación de esquí de Luz Ardiden, otro nombre con mucha historia en el ciclismo profesional y uno de los puertos más emblemáticos que se pueden encadenar saliendo desde esta localidad.
Tras un breve tramo inicial en ligera bajada, cruzamos un puente que marca prácticamente el comienzo “real” de la subida. A partir de ahí, el puerto se encamina sin pérdida: todo está perfectamente indicado hacia Luz Ardiden y el asfalto se encuentra en muy buen estado, lo que permite disfrutar de la ascensión con seguridad y comodidad. Conviene, eso sí, arrancar con calma, porque la subida empieza prácticamente en frío desde Luz y es fácil dejarse llevar por el entusiasmo sin tener aún la musculatura y las pulsaciones en su punto.
Los primeros kilómetros discurren entre pequeños núcleos de casas y zonas más habitadas. Dejamos atrás Luz-Saint-Sauveur y pasamos por pueblos como Sazos y Grust, encajados en la ladera y con un encanto típico de la zona. Son kilómetros de porcentajes moderados donde se rueda con cierta agilidad, aunque siempre en ascenso constante. La carretera, ancha y bien trazada, apenas tiene tráfico; cuando aparecen coches, hay espacio suficiente para convivir con ellos sin sensación de agobio.
A medida que vamos ganando altura, se abre el paisaje sobre el valle de Luz. Mirando hacia abajo se aprecia todo el fondo del valle y la localidad de partida, que va quedando cada vez más pequeña. Esta primera parte permite encontrar el ritmo, calentar bien las piernas y regular el esfuerzo para lo que viene después, porque el puerto no tarda en mostrar su carácter con rampas que empiezan a acercarse y superar el 9–10%.
Una de las grandes señas de identidad de Luz Ardiden son sus numerosas curvas de herradura. En la parte media y, sobre todo, en la final, la carretera va enlazando virajes amplios y espectaculares. Desde muchos puntos se pueden contemplar varias zetas por encima y por debajo de nosotros, lo que hace muy entretenida la ascensión: mentalmente es más llevadero ir “de curva en curva”, marcándose pequeños objetivos visuales, que enfrentarse a largas rectas. Quien disfrute de los puertos con personalidad reconocerá en estas herraduras uno de los signos distintivos de este coloso pirenaico.
En esta subida es importante venir preparado para cambios de tiempo. Nos encontramos con un día gris, de temperatura fresca, carretera húmeda y amenaza constante de lluvia. Optamos por equiparnos con ropa de abrigo ligera, prendas interiores algo más gruesas y, muy recomendable, luces para hacernos visibles, especialmente cuando se rueda en solitario y con cielo cubierto. A medida que ganamos altura, la niebla y la humedad hacen acto de presencia, añadiendo ese punto de épica tan característico de muchos finales de etapa en alta montaña.
Aproximadamente a cuatro kilómetros de la cima se une, por la derecha, la vertiente que asciende por Viscos. Es una alternativa muy interesante para quienes deseen conocer otra cara de Luz Ardiden, ya que comparte los kilómetros finales con la vertiente clásica que describimos aquí. Aunque el Tour nunca ha pasado por Viscos, se trata de un acceso recomendable por su belleza y por ofrecer una perspectiva diferente del puerto.
Los tramos más duros se concentran en varios kilómetros con rampas que rondan el 9–10% y picos por encima del 12%. Son zonas donde se agradece disponer de desarrollo generoso para poder sentarse, cadenciar y no tener que ir permanentemente atrancados. A nivel de sensaciones, es un puerto que, sin llegar a ser inhumano, exige constancia: pocos descansos, porcentajes mantenidos y la sensación de ir “trabajando” la subida de principio a fin. Por algo se le considera un primero de gran entidad dentro del entorno de Luz.
Conforme nos acercamos a la parte alta, el ambiente cambia. La vegetación se abre, el entorno se vuelve más montañoso y aparecen los característicos quitamiedos de madera, muy integrados en el paisaje y mucho más estéticos que los habituales metálicos. También vemos infraestructuras como las líneas de alta tensión y las edificaciones de servicio relacionadas con la estación de esquí. Todo ello nos recuerda que Luz Ardiden no solo es un escenario ciclista, sino también un complejo invernal de referencia en la zona.
En nuestro caso, la niebla terminó copando toda la parte superior de la montaña. Hubo momentos en los que apenas podíamos distinguir las herraduras que habíamos trazado unos metros más abajo, y la estación de esquí solo se intuía, sabiendo que estaba ahí, pero sin llegar a verla con claridad. Esa falta de visibilidad, lejos de restar encanto, añadió un aire de misticismo que parece perseguir a este puerto en algunas de sus jornadas históricas: recordamos finales de etapa con niebla, tanto en el Tour de Francia como en la Vuelta a España, que han contribuido a forjar su leyenda.
A nivel deportivo, subimos a un ritmo constante, con una velocidad de ascensión media que rondó unos 750 metros de desnivel por hora en torno a la primera hora de subida, un dato que puede servir de referencia a quienes tengan costumbre de manejar el VAM en sus entrenamientos. Sin embargo, más allá de números, Luz Ardiden es sobre todo una experiencia: la sensación de ir encadenando curvas, el silencio del valle cuando el tráfico desaparece, el contraste entre los pueblos de la parte baja y el ambiente de alta montaña de la llegada.
Los últimos kilómetros, ya cerca de la cota de la estación, alternan zonas muy exigentes con algún pequeño respiro. El cartel del último kilómetro anuncia todavía un promedio exigente, y la carretera se encarama definitivamente hacia el dominio esquiable. En nuestro caso coronamos entre bancos de niebla, sin apenas ver los edificios de la estación hasta tenerlos encima, pero con la satisfacción de haber completado una ascensión larga, constante y muy representativa de lo que es el ciclismo de montaña en los Pirineos.
La llegada se realiza en la misma estación de Luz Ardiden, donde encontramos el clásico cartel de puerto que marca el final de la ascensión. Puede que en días despejados las vistas hacia el valle y el trazado serpenteante de la carretera sean uno de los grandes premios de la jornada; cuando la niebla lo impide, la recompensa viene por el lado de la épica y de las sensaciones personales. En cualquier caso, estamos ante un puerto muy completo, con historia en las grandes vueltas, encajado en un entorno privilegiado y perfectamente enlazable con otros gigantes cercanos como el Tourmalet o Gavarnie.
Os animamos a subirlo con calma, bien equipados y con la mente preparada para disfrutar tanto del esfuerzo como del paisaje. Luz Ardiden es uno de esos puertos que dejan huella y que, una vez conocido, invita a repetir y explorar sus distintas vertientes y combinaciones con el resto de colosos que parten desde Luz-Saint-Sauveur.

Últimos metros de hormigón y antenas coronando el Pico de la Pila

Excelente tramo de asfalto subiendo el Passo del Mortirolo en Italia