La ascensión arranca en la estación de esquí de Navacerrada (Madrid) y lleva a la icónica Bola del Mundo, final de etapa de La Vuelta en varias ocasiones. Son 3,2 km que no dan tregua, con una media del 12,5% y puntas que rozan el 20%, sobre un cemento rallado tan áspero como efectivo para la tracción.
El inicio puede sorprender: se salva una valla y, de inmediato, el firme rugoso y las primeras curvas ya marcan 16–17%. Conviene salir con calma y elegir bien el ritmo. Hay algún respiro al 9–10% que permite beber y recuperar, mientras la estación queda rápidamente abajo a la derecha.
El tramo medio encadena curvas con la pendiente siempre alta. El promedio engaña porque alterna rampas muy serias con pequeños descansillos; conviene aprovecharlos para coger aire y preparar las siguientes paredes. El viento suele jugar: a veces refresca de cara y, al girar, empuja de cola, algo que se agradece en los tramos más duros .
Según se acercan las antenas, llegan las rampas más agónicas, con varios puntos cerca del 20%. La gestión del esfuerzo es clave y ayuda guardar un último cartucho para el “penúltimo esfuerzo” de la parte alta. En esta subida se anima a quienes vienen detrás —como Miriam— a apurar ese tramo final con confianza.
La cresta ofrece panorámicas espectaculares, con pistas a ambos lados y una sensación de altitud que compensa el sufrimiento. Aún queda alguna rampa alrededor del 16% antes de coronar junto a las instalaciones de la Bola del Mundo, donde las vistas hacen justicia a la fama del puerto.
Recomendaciones: un desarrollo corto (por ejemplo, plato compacto y cassette amplio tipo 11–34) marca la diferencia en estas pendientes. El cemento rallado agarra pero “se agarra” también a las piernas; transmite vibraciones, así que mejor manos firmes y cadencia redonda . El calor se lleva mejor con la brisa, pero no falta agua: los pocos respiros son oro para hidratarse.
En definitiva, una subida breve y brutal, perfectamente ciclable, que recompensa a quien la respeta y sabe dosificar. Se anima a los ciclistas a subirlo con cabeza, aprovechar los descansillos y disfrutar de un coloso tan duro como memorable.

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