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| BIG | 333 |
Nos situamos en pleno Pirineo francés, en el corazón de la Quebrantahuesos, para afrontar uno de los grandes colosos de la marcha: el temido Marie Blanque por su vertiente de Escot. Tras la larga bajada del Somport llegamos con las piernas frías a esta localidad, y nada más girar a la derecha comienza una ascensión que, pese a no ser de las más altas de la zona, se ha ganado a pulso su fama por la dureza de sus kilómetros finales.
Los primeros kilómetros del Marie Blanque son engañosos. La carretera se presenta con pendientes suaves al 2–3%, tramos al 4–5% y pequeños descansos que permiten ir tonificando las piernas. La media de estos sectores ronda el 5%, pero no se trata de una pendiente constante: aparece un falso llano, luego un repecho puntual que puede alcanzar el 10%, vuelve a relajar… y así sucesivamente. Es un inicio que invita a confiarse, ideal para encontrar ritmo y disfrutar del ambiente ciclista que ofrece la Quebrantahuesos, pero que no debe hacernos olvidar lo que espera en la parte final.
La carretera tiene la estética clásica de los puertos pirenaicos franceses: dos carriles sin arcén, asfalto aceptable aunque no especialmente fino y un entorno boscoso muy frondoso. La arboleda acompaña gran parte de la subida, proporcionando algo de sombra, aunque en días soleados esta protección se reduce cuando el sol está alto. Paisajísticamente no es un puerto espectacular en cuanto a vistas abiertas; más bien se asciende encajonados entre laderas y bosque, con una traza muy rectilínea y pequeñas curvas que apenas rompen la sensación de ir siempre de frente.
A medida que avanzamos, la pendiente empieza a cambiar de tono. Llega un punto, aproximadamente a mitad de la ascensión, en el que podemos decir que empieza el “auténtico” Marie Blanque. Es aquí cuando la carretera se inclina de forma decidida y los porcentajes se estabilizan por encima del 10%. Los últimos cuatro kilómetros son la seña de identidad de este puerto: encadenan rampas muy mantenidas entre el 10 y el 12%, con algún pico puntual algo superior, lo que convierte este tramo en uno de los más exigentes del Pirineo en cuanto a continuidad de dureza.
La rectilineidad del trazado hace que el esfuerzo sea tan mental como físico. Apenas encontramos una curva relevante, casi una vaguada hacia la izquierda, muy cerca de la cima, que muchos ciclistas conocen como “la curva de la alegría” porque anuncia que la coronación está ya a escasos metros. Hasta llegar a ese punto, la sensación es la de enfrentarse a una pared larga y constante, sin cambios de ritmo que permitan recuperar. Esta continuidad, sin tramos suaves compensando las rampas, exige una gestión muy fina del esfuerzo.
Curiosamente, esa dureza constante también tiene un punto positivo: al no haber grandes oscilaciones (del 16% al 8%, por ejemplo) se facilita encontrar un golpe de pedal estable. Elegir el desarrollo adecuado, cadencia cómoda y respirar con regularidad ayuda a entrar en “modo diésel” y soportar mejor el castigo. Aquí es donde se aprecia la importancia de haber montado un buen desarrollo, con un piñón generoso detrás, algo que se recomienda especialmente a quienes afrontan el Marie Blanque dentro de la Quebrantahuesos, ya con muchas horas de esfuerzo acumulado y sabiendo que, tras la cima, aún espera el Portalet.
Durante la ascensión podemos cruzarnos con ciclistas de muy diversos niveles, desde quienes suben con desarrollos muy ajustados hasta quienes han optado por configuraciones más generosas, como un 34–25 o similares, buscando reservar fuerzas. Se anima claramente a quien venga a este puerto a no subestimarlo y a priorizar la comodidad y la capacidad de cadencia frente a desarrollos demasiado duros que pueden convertir los últimos kilómetros en un suplicio. Mejor llegar con margen de piernas que quedarse corto de coronas en la parte más exigente.
En esta subida también encontramos pequeños grupos de ciclistas que aprovechan para charlar, bromear y apoyarse mutuamente, aunque llega un momento en que el Marie Blanque se convierte casi en “el puerto del silencio”. En los kilómetros finales, la mayoría se concentra en su pedalada y apenas se oyen más sonidos que el roce de las ruedas sobre el asfalto y alguna voz de ánimo entre participantes y voluntarios. Solo se rompe esta atmósfera de recogimiento por algún comentario jocoso o la clásica broma sobre “haber hecho caso al cuñado” que insistía en montar un piñón más grande.
La vertiente de Escot del Marie Blanque es también un puerto con historia ciclista. Ha sido escenario habitual del Tour de Francia, que lo ha incluido en numerosas ocasiones en su recorrido. El coeficiente de dificultad lo sitúa como un puerto de primera categoría “puro”, no tan largo como otros gigantes pirenaicos, pero con una concentración de dureza final que marca diferencias. En contraste, la otra vertiente se considera algo más amable, aunque igualmente muy atractiva y con un inicio, para muchos, incluso más vistoso que el lado de Escot.
El día de la ascensión que tomamos como referencia corresponde a una Quebrantahuesos especialmente significativa: la edición de 2022, celebrada de forma excepcional en otoño, un 24 de septiembre. Esta fecha tardía fue consecuencia del aplazamiento obligado por la intensa ola de calor de junio, con previsiones que superaban ampliamente los 40 ºC. Pese a la controversia inicial por el cambio a última hora, el tiempo terminó dando la razón a la organización y permitió disfrutar de una jornada con temperatura ideal para pedalear, aunque con algo de humedad.
En la parte final, cuando el contador de kilómetros indica que solo restan dos, luego uno, la subida se vuelve tan psicológica como física. Se anima a los ciclistas a mantener la calma, a seguir gestionando el esfuerzo y a recordar que, aunque haya tramos cercanos al 13%, la media del conjunto de los últimos kilómetros se queda en torno al 11%, y con paciencia se termina coronando. La llegada a la cima suele estar llena de ánimos, voces que empujan en los metros finales y la satisfacción de haber superado uno de los grandes juicios de la Quebrantahuesos.
Coronar el Marie Blanque por Escot deja una sensación peculiar: no es un puerto de grandes panorámicas abiertas, pero sí de esfuerzo intenso y muy puro. La combinación de falsos llanos iniciales, bosque frondoso, rectas interminables y un tramo final implacable al 10–11% lo convierten en una ascensión imprescindible para quienes disfrutan del ciclismo de puertos. Se anima a quienes aún no lo conozcan a prepararse bien, elegir un desarrollo adecuado, venir con respeto pero sin miedo y disfrutar de uno de los colosos más característicos del recorrido de la Quebrantahuesos.

Vaya vistas desde la Ermita de Santa Ana en Beneixida

Carretera y paisajes de tranquilidad en la subida a Grutas de Cristal