| +info | https://www.altimetrias.net/aspbk/verPuertoF.asp?id=39 |
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| BIG | 287 |
Saint-Jean-de-Maurienne es uno de esos puntos del mapa que todo aficionado al ciclismo acaba marcando en rojo tarde o temprano. Desde aquí se encadenan nombres míticos como el Glandon, Télégraphe, Galibier, los Lacets de Montvernier… y, por supuesto, la Croix de Fer, una ascensión larguísima que nos lleva desde el fondo del valle hasta rozar los 2.100 metros de altitud, con más de 30 kilómetros de subida prácticamente ininterrumpida.
Nada más dejar atrás Saint-Jean-de-Maurienne, la carretera se encarama a la montaña sin miramientos. Conviene salir con los bidones llenos y algo de comida, porque hablamos de unas dos horas y media de esfuerzo continuo, y las fuentes no abundan precisamente en esta vertiente. Desde los primeros compases vemos porcentajes serios: tramos al 7–9%, algún kilómetro acercándose al 10% y una pendiente bastante sostenida que obliga a encontrar el ritmo cuanto antes. Aquí es donde entra en juego la cabeza: gestionar bien el desarrollo, dosificar y no dejarse llevar por las buenas sensaciones iniciales es clave para llegar con fuerzas a la parte final.
Podemos dividir mentalmente la ascensión en varios bloques. El primero, de unos 4–5 kilómetros, es ya exigente, con rampas que rondan el 8–9% y alguna herradura que nos ayuda a ir ganando altura. El tráfico es el típico de una carretera de montaña alpina pero, en general, bastante asumible. El trazado tiene ese encanto de las carreteras antiguas, construidas para comunicar valles, sin rampas imposibles pero con una constancia que va sumando desnivel sin tregua.
Superado ese primer bloque duro, la subida empieza a alternar tramos más suaves con ligeras bajadas que permiten recuperar algo de aire. Hay algún kilómetro en torno al 5% e incluso pequeñas zonas descendentes en las que agradecemos bajar una corona, rodar un poco más suelto y aprovechar para beber e hidratarnos. Es importante no despistarse en los cruces: en un punto clave debemos seguir a la izquierda para no irnos hacia La Toussuire, y algo más arriba aparece la indicación de la Croix de Fer por la derecha, aunque nosotros preferimos seguir el track, que opta por una variante más tranquila y panorámica. Llevar el recorrido cargado en el GPS ayuda mucho, porque existen varias opciones de carretera antigua y moderna.
Uno de los encantos de esta vertiente son los túneles, cortos pero muy pintorescos, que atraviesan la roca y añaden un punto de épica a la ascensión. Es recomendable llevar luces, sobre todo porque alguno es algo más largo y aunque está iluminado, ganar visibilidad nunca está de más. Entre túnel y túnel, la carretera nos regala miradores naturales sobre el valle y sobre las montañas que nos rodean, recordándonos lo pequeños que somos frente a este paisaje alpino.
A medida que avanzamos, el desnivel acumulado se dispara. En apenas 10 kilómetros podemos encadenar cerca de 700 metros de subida, con varios kilómetros claramente por encima del 8%. El asfalto, eso sí, es impecable, y las señales kilométricas nos van marcando lo que queda hasta la cumbre, tanto en distancia como en pendiente media. Ver que aún restan más de 20 kilómetros y unos 1.400 metros de desnivel impone respeto, pero también ayuda a organizar el esfuerzo. En esta parte media se suceden tramos al 8–9%, repechos cercanos al 10–11% y pequeñas zonas más relajadas que compensan un poco la dureza global de la ascensión.
En torno al último tercio de la subida atravesamos algunos núcleos habitados, siendo Saint-Sorlin-d’Arves el pueblo más importante de toda la vertiente. Hasta llegar aquí, la falta de fuentes es llamativa; prácticamente la única segura la encontramos en un bar, donde aprovechamos para rellenar bidones y refrescarnos con agua muy fría. A estas alturas de puerto esa parada se agradece mucho: llevamos ya unos dos tercios del esfuerzo completado y queda por delante el tramo más emblemático.
La salida de Saint-Sorlin-d’Arves es un aviso en toda regla de lo que viene. La carretera se empina de forma contundente, encadenando rampas muy sostenidas por encima del 8% y kilómetros completos que rondan el 9–10%. Entramos así en los últimos 6–7 kilómetros de puerto, los más espectaculares y, para muchos, los más bonitos de la Croix de Fer por esta vertiente. Desde aquí vemos claramente el trazado serpenteando montaña arriba, con las curvas de herradura colgadas sobre el valle y un paisaje alpino cada vez más abierto, donde las laderas verdes dan paso a zonas más rocosas y altas, con vistas hacia glaciares al fondo.
A nivel ciclista, esta parte final exige llegar con algo de reserva. Subimos coronas, buscamos cadencia y nos vamos defendiendo kilómetro a kilómetro, sabiendo que la media se sitúa en torno al 8% y que apenas hay descansos reales. A nivel paisajístico, es un regalo: vamos ganando altura con rapidez, dejando el pueblo muy abajo, y viendo cómo se despliega ante nosotros un circo de montañas impresionante. En los días claros incluso es posible ver parapentes jugando con las corrientes de aire muy cerca de las paredes, una imagen que refuerza la sensación de estar en plena alta montaña.
En esta parte alta, además, vivimos un momento especial al encontrarnos con otro ciclista, Alberto, con quien compartimos los últimos kilómetros. Venía de un día complicado anteriormente y comentamos cómo, muchas veces, superar una jornada mala nos hace más fuertes y convierte el siguiente día en una oportunidad para reconciliarnos con la bicicleta. Entre ánimos mutuos, fotos en una de las herraduras y esa camaradería tan propia de la montaña, vamos afrontando los últimos kilómetros con la vista puesta en la cumbre y los glaciares que se adivinan al fondo.
El último kilómetro, señalado al 8% de media, mantiene la tónica de exigencia hasta el final. A nuestra izquierda vemos ya claramente la zona de coronación, y también un pequeño lago de alta montaña que añade un toque de postal al tramo definitivo. El altímetro supera los 1.900 metros y se acerca a los 2.000 largos; se nota en la brisa fresca que corre, muy bienvenida después del esfuerzo acumulado. Las últimas curvas, las últimas pedaladas, y por fin el cartel de la Croix de Fer nos recibe con un panorama grandioso de cumbres y valles por todos lados.
Coronar la Croix de Fer por Saint-Jean-de-Maurienne es completar una ascensión larga, constante y psicológicamente exigente, en la que la gestión del ritmo y la hidratación resultan tan importantes como la fuerza en las piernas. A cambio, ofrece todo lo que se le puede pedir a un gran puerto alpino: asfalto impecable, herraduras colgadas sobre el valle, túneles con encanto, un tramo final espectacular y la sensación de haber conquistado uno de los grandes colosos de los Alpes franceses. Os animamos a subirlo con calma, disfrutar cada sección y dejaros impresionar por la majestuosidad de este puerto mítico.

La carretera hacia el cielo en Alto da Golada

No es un efecto óptico lo de los edificios y la carretera subiendo el Tourmalet